Mi blog, mucho más que un hobby

27.09.2026


Érase una vez una época anterior a Twitter, Instagram, los podcasts, los grupos de Telegram y todo ese ecosistema digital que hoy parece haber existido siempre.

Internet llevaba ya suficiente tiempo entre nosotros como para que existieran directorios específicos de escorts y, al mismo tiempo, hubiera quedado atrás aquel apasionante mundo de los anuncios por palabras en los periódicos. En ese interím —pongamos, aproximadamente, entre 2010 y 2015— hubo una auténtica edad de oro de los blogs dentro de este sector. 

En el mundo del escorting marcaban una diferencia importante. Sobre todo entre las escorts de cierto nivel y aquellas que ofrecían una experiencia más GFE, tener un blog era mucho más que una herramienta de promoción. Era una carta de presentación. Tener meramente fotos se quedaba muy corto. Representaba una manera de construir una identidad, de transmitir una personalidad y, sobre todo, de permitir que alguien pudiera hacerse una idea de quién eras antes incluso de conocerte.

Por supuesto, cada una lo abordaba de una forma completamente diferente.

Había quien contaba detalles de su vida personal, sus gustos y aficiones. Otras construían relatos más o menos aderezados en función de la imagen que querían proyectar. Algunos eran claramente pura invención. Otros estaban escritos por terceros. Y algunas convertían (convertiamos) el blog prácticamente en un diario personal. También estaban quienes hacían (hacíamos ;))  de él una plataforma de relatos eróticos y experiencias que permitían al potencial futuro cliente obtener unas cuantas pistas sobre lo que podía encontrarse en una cita con ellas.

Pero, ¿cómo llegué hasta ahí? Yo creo que ya lo he contado en algún post más, y sin duda alguna, cientos de veces en persona. Mi curiosidad por el mundo de la prostitución viene desde la adolescencia y empezó a materializarse en 2012, después de mi primer divorcio.

Venía de una relación de muchos años y, de repente, me encontraba en disposición de explorar un universo que siempre me había provocado una enorme curiosidad. Era aún algo profundamente tabú —especialmente dentro de mi entorno socioeconómico— y quizá precisamente por eso me resultaba tan fascinante: un mundo en el que algunas de las pasiones humanas más básicas entraban, además, en una lógica económica.

Así que empecé a hacer lo que suelo hacer cuando algo despierta mi curiosidad: investigar.

Leía, buscaba, comparaba, jugaba con la idea. Y poco a poco, en aquella especie de campaña inconsciente de I+D que estaba llevando a cabo, acabé encontrando el blog de una chica que hace ya muchos años que dejó de ejercer.

Se llamaba Alejandra. También estaba en Madrid y su blog me sirvió para aprender muchísimo sobre aquel mundo. Después de haber leído tanto sobre ella, terminé contactándola y quedamos para tomar un café.  Recuerdo perfectamente la sensación de ponerle por fin un rostro a alguien de quien sabía tantísimas cosas sin haberle visto nunca la cara. Alejandra fue tremendamente cercana conmigo. Compartió experiencias, me dio consejos y respondió a muchas de mis preguntas.

De aquel café surgió además una amistad que duró varios años y que, simplemente por circunstancias de la vida, acabó desapareciendo. Sin dramas ni grandes acontecimientos. A veces las personas sencillamente dejan de formar parte de nuestra vida.

A raiz de aquel encuentro, decidí que yo también quería escribir un blog. Siempre me había gustado escribir y consideraba que sólo podía sumar. De hecho, quise darle bastante contenido antes siquiera de lanzarme oficialmente al mundo del escorting.

Visto con perspectiva, fue algo parecido a preparar la cartera de productos antes del lanzamiento de una marca. Solo que yo no tenía absolutamente ninguna formación en marketing ni sabía demasiado bien lo que estaba haciendo. Funcionaba con la herramienta que, para mí, sigue siendo una de las más importantes cuando una se embarca en una aventura —o en un negocio—: el sentido común.

Siempre he sido tremendamente rápida cuando he decidido que quiero algo. Suelo tener un plan bastante claro y ejecutarlo en poco tiempo. Por poner un ejemplo bastante gráfico: mis dos bodas las organicé en apenas cuatro meses cada una.

Con Marina, curiosamente, ocurrió lo contrario. Me tomé mi tiempo. Si no recuerdo mal, fueron casi diez meses preparando su despegue en la vida real. Diez meses pensando, investigando, analizando qué imagen quería dar, que % de mi personalidad real iba a coexistir en Marina, 10 meses escribiendo y construyendo esa identidad antes de empezar con las citas.

Y el blog formaba parte esencial de ella.

Porque si hoy una de las grandes plataformas de visibilidad de este mercado es Instagram —Twitter, en mi opinión, ha perdido bastante peso—, entonces eran los blogs los que permitían diferenciarte. Hoy ni siquiera tengo Instagram para Marina: no termino de fiarme de su algoritmo y siempre me ha preocupado que algún día decida sugerir alegremente mi perfil a alguien de mi entorno personal.

En aquellos años ese problema prácticamente no existía. Así que empecé a escribir. Durante casi dos años viví la época dorada del blog de Marina. Lo alojé en WordPress, que entonces ofrecía una plataforma gratuita, sencilla y perfecta para alguien sin demasiados conocimientos técnicos. Y sin tener yo ni idea de posicionamientos, SEO y terminologías que aún a día de hoy se me escapan, en poco tiempo resultó que  si escribías en Google "blog escort Madrid", el mío aparecía en primera posición, y el de Alejandra, en segunda.

Aquello se tradujo en muchísimas visitas diarias, comentarios y lectores recurrentes. Y fue también mi primera experiencia con algo que hoy conocemos perfectamente, pero que entonces todavía no estaba tan presente en nuestras vidas: la validación digital.

Me encantaba comprobar que determinados posts tenían más tirón que otros, que provocaban más comentarios o generaban conversación. Había algo muy gratificante en descubrir que aquello que escribías desde el comedor de tu casa encontraba al otro lado a personas interesadas en leerte.

Pero el blog cumplía, además, exactamente la función para la que lo había creado.

Intentaba trasladar a mis textos una imagen sofisticada y madura, pero también muy traviesa. En definitiva, transmitir quién era Marina y qué podía esperar alguien que decidiera tener una cita conmigo.

Y funcionaba.

Muchas de las personas que me escribían, me habían leído muchísimo antes de hacerlo. Llegaban a una cita con suficiente información sobre mí como para que quedara relativamente poco espacio para construir una fantasía que después no tuviera nada que ver con la realidad.

Evidentemente había límites innegociables. Mi rostro era uno de ellos. Determinados detalles de mi vida personal, también. Pero entre contarlo absolutamente todo y no contar nada existía un territorio enorme.

En todo lo demás intentaba ser tremendamente coherente.

La mujer que alguien encontraba delante durante una cena era la misma que había leído unos días antes en un post. Mi manera de hablar, mi sentido del humor, mi forma de entender la sexualidad, mis gustos, mi carácter… No había un personaje que desapareciera al cerrar el ordenador.

Y siempre quise que fuera así.

Una expectativa equivocada es mala para las dos partes: para quien llega esperando algo que no va a encontrar y para quien tiene que sentarse delante de una persona decepcionada. Por eso siempre intenté que quien decidiera quedar conmigo lo hiciera con el mayor grado de convencimiento posible.

Además, estaba completamente enganchada a escribir. Tuve la suerte de que mi vida en aquellos años era bastante sencilla. Tenía un trabajo que no me absorbía demasiado, no tenía hijos ni grandes responsabilidades familiares y mi vida social en Madrid se había reducido bastante después de mi primer divorcio. Muchas de las amistades que había construido desde mi llegada estaban vinculadas, de una forma u otra, a mi primer marido.

Así que todo encajó de una manera bastante natural. Disponía de tiempo y apareció Marina. Y a Marina le pude dedicar una cantidad de horas que probablemente no habría tenido en otro momento de mi vida. Escribir el blog se convirtió en una de mis actividades favoritas de los fines de semana. Tal y como estoy haciendo en esta mañana de domingo. 

Recuerdo sentarme en el comedor de mi antigua casa, abrir el ordenador y enfrentarme a esa pregunta que imagino que se han hecho miles de articulistas delante de una página en blanco:

"¿Y qué cuento yo hoy?"

Lo curioso es que siempre se me ocurría algo.

Una reflexión, una anécdota, algo que había observado durante una cita, una idea sobre sexo, relaciones, hombres, mujeres o simplemente sobre la vida. Marina había empezado siendo una identidad creada para entrar en un mundo que me producía una enorme curiosidad y, casi sin darme cuenta, se había convertido también en una voz desde la que me gustaba muchísimo escribir.

Hasta que conocí al que años después se convertiría en mi segundo marido.

Y dejé a Marina aparcada durante una temporada. Recuerdo como si fuera ayer el día que escribí ese post prueba del amor que sentía en aquel momento , "La maté porque era mía"

No sabía cuánto duraría aquella pausa. Ni siquiera sabía si era una pausa. Al principio pensé que probablemente sería para siempre. Después, como tantas otras cosas que damos por definitivas en la vida, resultó no serlo.

Pero hubo algo de lo que no quise desprenderme: el blog.

Lo dejé abierto y de vez en cuando todavía escribía, aunque ya no tanto sobre Marina o sobre mis citas, sino sobre cuestiones más personales y sobre cómo seguía viviendo mi sexualidad en aquella nueva etapa. Tampoco la relación lo fue...

Y ocurrió algo curioso. Aunque mis anuncios estaban desactivados y yo había dejado de ejercer, el blog seguía ahí, Google seguía haciendo su trabajo y continuaban llegándome propuestas para quedar, que yo declinaba amablemente.

Hasta que un día WordPress decidió que aquello se había terminado. De la noche a la mañana, cerró mi blog por su contenido sexual. Por suerte, había hecho una copia de seguridad no demasiado tiempo antes y conseguí salvar buena parte de los textos. Aquello que había nacido como una herramienta para dar a conocer a Marina se había convertido entretanto en algo que para mí tenía muchísimo más valor: el archivo de una etapa de mi vida.

Cuando tiempo después decidí volver al escorting, llegó también el momento de construir una nueva casa para Marina.

Abrí esta web y, poco a poco, fui recuperando y subiendo aquellos textos al apartado del blog que todavía podéis ver aquí. Por eso muchos de los posts que aparecen en estas páginas son bastante más antiguos que la propia web. Son supervivientes de aquel primer blog.

Y también de aquella primera Marina.

Después vino una etapa muy distinta de mi vida, que quienes llevéis tiempo leyendo probablemente ya conocéis. Durante prácticamente diez años tuve pareja y familia. Mi vida se llenó de otras prioridades, otras rutinas y muchas más cosas que atender. Marina regresó en algún momento, pero el contexto era completamente diferente al de sus primeros años.

Ya no disponía de aquellas tardes interminables de fin de semana para sentarme delante del ordenador simplemente a pensar qué me apetecía contar. Aun así, muy de vez en cuando conseguía publicar algo. En parte porque seguía disfrutando muchísimo escribiendo y en parte porque me resistía a dejar morir del todo este espacio.

Para entonces, además, internet había cambiado. La conversación se había trasladado a las redes sociales y la forma de estar presente era otra. Así que el escaso tiempo que tenía para Marina prefería dedicarlo a vivirla: a las citas, a las personas, a las experiencias. A vivir como Marina y, al mismo tiempo, a vivir mi otra vida.

Y, de alguna manera, eso es también lo que me ocurre ahora.

Si habéis ido uniendo las piezas de lo que he contado durante estos años, sabréis que me he vuelto a separar. Mi vida ha cambiado muchísimo. Tengo una vida social bastante más intensa que antes y, sinceramente, me lo estoy pasando muy bien. Mi trabajo A ocupa también una parte importantísima de mi vida. Me apasiona y le dedico muchas, muchas horas. Y precisamente por eso tengo bastante claro el lugar que quiero que Marina ocupe en ella.

Mi filosofía sigue siendo la misma: esto no es mi ocupación principal y tampoco quiero que lo sea.

Es algo que me apasiona, que disfruto y que me permite conocer a personas a las que probablemente jamás habría conocido de otra manera. Escuchar historias fascinantes y compartir también parte de la mía. Y quiero conservar precisamente eso: que siga siendo algo excepcional, elegido y esporádico.

No me interesa llegar al mayor número posible de personas. Nunca ha sido ese el objetivo. Prefiero pocos encuentros y que cada uno de ellos tenga sentido para las dos personas que hemos decidido estar allí.

Quizá por eso, tantos años después, sigo creyendo en aquella misma idea con la que nació este blog: cuanto más puedas saber de mí antes de conocerme, más posibilidades existen de que, si finalmente nos encontramos, ninguno de los dos esté allí por equivocación.

¿Significa todo esto que voy a recuperar el ritmo de publicaciones de hace trece años? Me temo que no...

Aquella Marina podía pasarse una tarde entera escribiendo un post. La de hoy tiene una vida muchísimo más llena y demasiadas cosas a las que también quiere dedicar tiempo. Sin ir más lejos, escribir este texto me ha llevado tranquilamente casi dos horas que estoy apurando antes de ir a entrenar.

Pero tampoco quería renunciar a este espacio.

Porque, aunque hayan cambiado las plataformas, los algoritmos, las redes y hasta nuestra manera de relacionarnos en internet, sigo pensando que un blog permite algo que difícilmente cabe en un tuit, una fotografía o un mensaje rápido: conocer un poco mejor a la persona que está al otro lado.

Así que no prometo escribir mucho. Pero sí seguir escribiendo cuando tenga algo que contar.

Al fin y al cabo, trece años después, este blog sigue cumpliendo exactamente la misma función para la que nació:

que antes de conocer a Marina, podáis leerla.

¡Feliz domingo!



Share
Blog de Marina Costa. Escort en Madrid