Once upon a time

20.09.2019

Corría el verano de 1999. No era la primera vez que sus padres le pagaban un curso de idiomas en USA, aunque ya no iba en el mismo plan que cuando era un imberbe adolescente. Carlos asistía a clases de inglés por la mañana, invertía las mismas horas en practicar todos los deportes que pudiera y no se perdía una fiesta, fuera de guiris o de lugareños, para intentar follarse todo lo que podía con su fachita de latin lover. Ciertamente no le iba nada mal, y fardaba muy a gusto ante sus amigos cuando volvía a Madrid al final de cada verano. Era el precio que pagaba por perderse tres cuartas partes de las juergas estivales con sus colegas de toda la vida. 


Acudía a las clases en la Universidad, compartiendo uno de esos típicos autobuses amarillos de ruta escolar, en verano reutilizados para estos menesteres, con alumnos de los cursos de teatro, danza, deporte, informática. Rutina hasta en verano, el mismo conductor de lunes a viernes, las mismas caras cada mañana, y prácticamente, hasta tendían a ocupar cada uno el mismo asiento día tras día. 


Tardó un par de días en percatarse de que, cuando él montaba en el autobús, ya venía en el una espectacular rubia de ojazos verdes y tez suavemente bronceada. Por su aspecto podría ser de muchos sitios: eslava, holandesa, alemana, americana, quizás hasta brasileña. Desde entonces, cada día aprovechaba los escasos 30 segundos desde que él montaba en el autobús hasta que se acomodaba en su asiento, un par de filas por delante del de la rubia, para contemplar cómo la larga melena de oro resbalaba por sus hombros, escuetamente cubiertos por una camiseta blanca de tirantes con escote redondo y espalda en T. Cada día lucía el mismo tipo de camiseta, en el mismo color, y únicamente variaba un pequeño colgante en su cuello. Apenas disponía de un par de segundos para mirarle el escote de reojo justo antes de sentarse, pero era capaz de fotografiarla con la mirada y reproducir la imagen en su cerebro con la tensión de sentirla a pocos metros, casi aspirando el olor de su canalillo levemente sudoroso, hasta que paraba el autobús, Al llegar, el ritual era siempre el mismo: él, al estar sentado más al principio, descendía antes, y se alejaba en dirección a su aula obligándose a no volver la cabeza atrás... para no echar a correr tras ella. 
Así transcurrieron sus seis semanas de estancia. Por más fiestas a las que asistió, mas competiciones deportivas en las que tomó parte, más cantinas y cafeterías de la zona del campus que frecuentó, nunca, nunca coincidió con ella hasta llegar al punto de creer que quizás era una alucinación suya producto del sueño, las resacas y tener un objetivo no fácilmente alcanzable. Estaba siendo tan fácil follar que le habría gustado tener una presa algo más complicada. Pero nunca, nunca se la encontró. 
El penúltimo día de clases, sintió un nudo en el estómago cuando hizo el movimiento de rigor con la mirada perdida hacia el final del autobús y sin necesidad de fijar la vista, supo que ella no estaba. Se notó arrastrarse hasta el asiento, abatido, pensando si quizás ella habría regresado a su país y el había sido tan estúpido de no haber aprovechado las casi 30 ocasiones que tuvo para dirigirle la palabra. Se abofeteaba mentalmente cuando el autobús hizo la siguiente parada, y concentrado en magullar su mejilla izquierda, levantó por inercia la cabeza hacia el principio del pasillo, y sintió a la diosa de tez miel y cabellos de oro parada como una deidad en su altar. El nudo en el estómago mutó en una bomba de relojería alojada en su corazón próxima a explotar cuando la vio avanzar lentamente por el pasillo, la melena moviéndose en la espalda y la camiseta subiendo y bajando al compás de unas tetas tan generosas como libres. Libres de toda opresión o pieza que las armase. El nudo del estómago y el bombeo del corazón bajaron a sus huevos y tuvo una erección al instante. No regía, embobado como estaba mirando aquellas tetas perfectas bamboleantes de pezones medianos y oscuros que no disimulaban su relieve bajo la tela. Cuando la diosa pasó a su lado, él tuvo la sensación de que se detuvo una décima de segundo, quizás lo soñó, pero la tuvo tan cerca que por un momento creyó que podría tocarla si así quisiera. 
Recobró el sentido común 1 minuto después, para darse cuenta de que le resbalaban las gotas de sudor por la frente y había mojado el pantalón en la zona de la entrepierna. 
Ese día no fue capaz de quitársela de la cabeza, y menos a sus tetas bajo la camiseta en movimiento a lo largo del pasillo del autobús. Tuvo una erección tras otra y se masturbó 3 veces en los baños del campus. Miraba enloquecido hacia todas partes y hasta intentaba olisquearla, sin ser capaz de seguir ni una sola conversación o fijar la vista en un punto más de dos minutos. 
Aquel viernes sería su último día. Sabía perfectamente que si no conseguía al menos hablarla, la idolatraría de por vida. "Lo que más te obsesiona es aquello que nunca pudiste tener", se dijo. Averiguó cual era la primera parada de la ruta de autobuses, se levantó 1 hora antes, y fue en otro autobús hasta aquella primera parada. Fue el primero en montar , y, decidió colocarse al final del autobús. De ese modo, podría observarla con detalle cuando ella subiera hasta su asiento, fuera cual fuese, sin importar desde qué parada subiera. Y entonces, él se levantaría hasta sentarse en el asiento contiguo. Le hablaría y quemaría las naves. No tenía nada que perder, y si mucho que ganar. Aquella fantasía erótica bien valía el esfuerzo. 
Exactamente a dos paradas del campus, la vio esperar en la acera mientras el autobús se aproximaba. Por un instante dudó de que fuera ella, ese día ya no llevaba la camiseta blanca protagonista de sus poluciones. Frunció el ceño, no entendía... Ella subió y nuevamente, se quedó parada al inicio del autobús, escrutando fila por fila hasta que sus miradas chocaron. No entendió su mirada, aunque peor fue entender la leyenda de su camiseta, en letras blancas sobre el fondo negro: 

Pezón de fresa 

lengua de caramelo 

corazón de bromuro

El tiempo justo para que Carlos lo leyera a modo de epitafio, y ella se sentara en la primera fila, en el lado opuesto al conductor. Seguía sin entender, su sexy diosa rusopolacabrasileña de Indiana nacida en La Haya... con 9 palabras del mejor castellano jienense acuñadas por Sabina en su canción Barbie Superstar. No entendía nada, nada, nada de nada.... Y siguió sin entenderlo cuando el autobús finalizó su recorrido y él ni se percató de que ella bajó del autobús, desapareciendo para siempre... 


15 años, dos hijos y un divorcio después, Carlos pasaba la tarde en un parque de una zona residencial indeterminada de Madrid. Ni él mismo recordaba ya con frecuencia sus años de juventud. La intensidad de los sueños y las emociones habían ido perdiendo fuelle conforme entraron los problemas y las responsabilidades. Había aprendido a disfrutar los pequeños momentos y a contemplar su felicidad como el saldo positivo resultante de restar los momentos tristes de los felices. Vivía tanto en el presente que no se concedía tiempo para evocar el pasado o soñar el futuro, lo pasado, pasado estaba, no había margen de maniobra, y el futuro eran meras conjeturas con apenas prácticamente poder de influencia sobre él. 

La tarde estaba nublada pero la temperatura era buena, los niños jugaban tranquilos con otros niños del parque y llevaban ya un buen rato sin acercarse a él. Para distraerse, empezó a mirar las personas que había a su alrededor. Una pareja joven cruzaba el parque en bicicleta. Una niña con patines yacía en el suelo tocándose la rodilla mientras otra le tendía la mano para que se levantara. Un anciano con la mano en el riñón caminaba franqueando el carril bici. Una mujer de su edad, sentada en un banco, leía un libro. De las 4 escenas, decidió quedarse con aquella. Echó un vistazo a los niños y volvió a centrarse en el banco. No podía apreciar con claridad su rostro puesto que lo tenía inclinado hacia el libro, pero parecía atractiva. Lucía una melena castaña ondulada en las puntas, y vestía vaqueros, sandalias y una camiseta gris. Contempló la escena con deleite. Carlos disfrutaba observando lo que para él eran momentos de felicidad de otras personas, ya que, de alguna forma, sentía que lo irradiaban y el se contagiaría de su energía, de su paz, de su calma, de su placer. Y así estuvo 15 minutos con pausas muy breves para verificar que los niños seguían bien, y volver a su espectáculo mudo. Transcurrido ese tiempo, ella levantó la mirada al horizonte, reflexionó un par de minutos, y cerró el libro. Se levantó y mientras ella trataba de guardar el libro en el bolso, Carlos se fijó mejor en su camiseta gris. Tenía unas letras blancas escritas casi borradas de muchos lavados y desde aquella distancia era imposible leerlo con nitidez, si bien le pareció reconocer algo que no creía real... 


Pezón de fresa 

lengua de caramelo 

corazón de bromuro 


Se sintió caer por un precipicio en el que giraba y giraba y giraba y sentía que nunca había fin. Hasta que nuevamente, la vio alejarse...


Volvió cada uno de los días que no tuvo a los niños consigo en las siguientes dos semanas, a la misma hora, al mismo sitio, y cuando los niños estaban con él, iban a otro parque. No quería verse por tercera ocasión en la situación de tenerla cerca y no poder acercarse a ella, puesto que sabía que no habría una cuarta oportunidad. 
Esperó y esperó, si bien cada día se sentía levemente más desesperanzado creyendo que se habría tratado de algo casual. O que posiblemente aquella mujer no era su diosa de juventud en el autobús americano. Sólo era una fantasía deformada por el paso del tiempo en su memoria. Pero aquella ilusión le daba tanta energía como le quitaba durante aquellas dos semanas, siendo el pensamiento que le acompañaba en la ducha al masturbarse, sus tetas veinteañeras bailando alegremente en el pasillo de aquel autobús amarillo, y en cómo se habrían convertido en los deliciosos pechos de una treintañera, con ese sabor tan característico que sólo les da la solera. Esperó y esperó. Y el día 15, cuando él llegó al parque, la vio sentada, en el mismo banco, los mismos vaqueros, las mismas sandalias, distinto libro... y una camiseta blanca de tirantes con espalda en forma de T, bajo la cual se atisbaban los tirantes de un sujetador igualmente blanco. 
Carlos se quedó inmóvil, llevándose las manos a la cabeza, tratando de asimilar lo que veía e intentando trazar un plan de acción. Se trabó mentalmente en un par de frases, y cuando se quiso dar cuenta, estaba sentándose en el banco a escasos 60 cm de ella. 
No estaba nervioso. Estaba ocurriendo algo tan improbable que no había guardado sensibilidad para que aquello le alterase. De reojo, leyó en el canto del libro el título: 24 horas en la vida de una mujer. Conocía el libro y no tuvo mejor argumento para iniciar una conversación: 


- Que curioso... Mrs. C se desnuda en su relato a un desconocido contándole lo sucedido 20 años atrás - comenzó Carlos. 

- Sí, así es- Respondió ella, sorprendida por la intervención. - En ocasiones, suceden hechos en nuestras vidas que de una u otra forma, no logramos enterrar. No importa que sean dramáticos o felices, ni tan siquiera especialmente relevantes. Sencillamente, siguen ahí por tiempo indefinido. A mi me suele ocurrir con aquello que nunca pude llegar a tener... Por cierto, me llamo Carlos. 

- Encantada. Yo soy Alicia. 

Carlos titubeó por un segundo. En un rápido análisis, pensó que si arrancaba una conversación como dos completos desconocidos (en realidad, lo que eran...) , le costaría más hacer mención a aquellos episodios del autobús. Debía ser ahora. 

- Alicia, también me gustaría, si me lo permites, contarte algo que sucedió hace 15 años. En la ruta diaria del autobús que iba al campus de Indiana, entre tú, yo, y una camiseta como esa.- Dijo Carlos señalando la prenda.

Alicia se quedó inmóvil durante un instante para sonreír inmediatamente después. 

- No es necesario que me lo cuentes, Carlos. Yo lo recuerdo igual que tú. 

Silencio y sonrisas. Más silencio. Más sonrisas. 

- ¿Por qué te fuiste? ¿Por qué me mandaste aquel mensaje el último día y desapareciste? 

- Era sencillo... yo era una calienta en aquella época y tu tenías fama de estar follándote a la mitad del campus de verano. No tenía ningún interés en ser una muesca más, pero me apeteció jugar un poco... 

- Y jugaste, vaya si jugaste... Por cierto, los años te sientan estupendamente. 

- Gracias. Tu pareces menos capullo.

- Le soltó con una sonrisa de oreja a oreja. 

- Jajajaja! Y a ti no te ha quedado más remedio que ponerte sujetador. 

- No creas... es más por los papis como tú, para que no peligre la integridad de sus hijos... 

- ¡Me viste! 

- Por supuesto... veo que lo que si que has olvidado es que yo siempre voy 5 pasos por delante de ti.

- Y volvió a sonreír inspirando y sacando el pecho hacia delante, provocativa y dominante. 

"Jugar un poco". "Menos capullo". "5 pasos por delante de ti". Se lo repitió mentalmente, y no lo pensó más. La miró a los ojos, la miró a las tetas, y se lanzó como un loco a su boca. La lengua de Alicia irrumpió en su boca mucho antes de lo que él habría previsto, con unos besos como los que él siempre había deseado, muy sensuales, muy húmedos, muy sucios. Besos que eran sexo en sí mismo, sin necesidad de manos ni genitales. Le vino a la mente la de pajas que se había hecho en estos 15 años recordando los momentos del autobús, las miradas, su pelo, sus labios, sus pezones. Las versiones que había hecho de la historia invitándola a entrar con la camiseta a la misma ducha en la que él estaba masturbándose. Y como ella, sin quitársela en ningún momento, se arrodillaba en la ducha y se la mamaba hasta una dimensión que sólo era capaz de dilucidar en sus fantasías. Y de pronto, recordó la canción. Separándose unos centímetros de ella, le preguntó: 
- ¿Por qué elegiste aquella camiseta? ¿La hiciste tú? 

- Si...la hice yo... Fue mi manera de rebelarme indirectamente ante lo que todo el mundo creía que iba a ser de mí. 

- Contestó Alicia con determinación. Es mi camiseta favorita desde entonces. - Ya veo. Y tampoco llevas ya el pelo rubio, ni liso. 

- No...- Y levantándose del banco y ofreciendo su mano a Carlos, añadió: 

- Ni tampoco soy ya una calientapollas...