Resting

26.06.2014


Había sido un día duro. El ritmo de la ciudad la llevó corriendo de aquí para allá durante toda la jornada, 14 horas de nada, y gracias a que la cena de trabajo finalmente se había anulado. Amaba de Madrid lo mismo que la hacía odiarla en ocasiones y en el fondo se sentía afortunada de estar únicamente de paso. Tan sólo eran las 22, no quería encerrarse en la habitación del hotel pero tampoco tenía ganas de hablar con nadie, demasiado cansada para esforzarse en construir frases con sentido. Un poco de compañía visual le bastarían para meterse un rato después en la cama desnuda de ropa y de estrés.

Cruzó el hall del hotel y se encaminó hacia el bar. Vio su reflejo en un cristal, 14 horas con las mismas prendas, mismo peinado, maquillaje intacto, una sonrisa de satisfacción por saberse reventada por dentro e impecable por fuera. Salvo aquellos preciosos zapatos de salón negros con la puntera metálica en rosa. La habían destrozado y no veía el momento de quitárselos.

El bar y su zona de sofás y mesas bajas estaba concurrido, extranjeros tomando una copa despuésde su cena, compatriotas esperando a alguien para ir aún a cenar. Ella, sin estar ni en uno ni en otro bando, se dirigió a un rincón del bar amueblado con un pequeño sofá blanco y pidió una copa de vino blanco muy frío.

Fue servida, llegó el vino acompañado de su cena, aceitunas y almendras. A los 30 segundos de haberse sentado, notó el cansancio desplomarse, bajar desde las cervicales a los hombros, continuar por los codos, irradiarse ahora por la columna vertebral. Sintió como la desconectaron excepto por sus preciosos y tortuosos zapatos que le habían dejado doloridas hasta las piernas. No iba a disfrutar el vino pero ya no era capaz de levantarse del sofá, se sentía de plomo...

No lo pensó. No le parecía bien quitarse los zapatos en público, así que de forma delicada y natural, subió las piernas al sofá con el calzado puesto y se acomodó. Dos toneladas menos al instante, el resto de la tensión desapareció.

Discretamente , aflojó un poco los zapatos y se relajó. El vino sabía aún mejor e intentó repasar la jornada, estaba demasiado cansada y por más que lo intentó su mente pedía tanta inactividad como fuera posible. Se quedó absorta y comenzó a jugar con un mechón de su pelo. Aún olía a limpio, estaba suave, se dejaba acariciar y retorcer a voluntad.

Se incorporó para dar un sorbo a la copa de vino, y en una mirada instintiva al infinito, le vio observarla. Aquel nudo de corbata aflojado, la americana reposando en la butaca contigua, un vaso de bourbon en la mano, el pelo engominado como posiblemente en las anteriores 14 horas.

Una tímida sonrisa de ella para volver a dejar la copa en la mesa y recuperar la posición de relajo en el sofá. Aunque él la observase. ¿Por qué iba a dejar de hacerlo? Justamente eso era lo que ella había buscado, una compañía silenciosa, compartir proximidad física sin obligarse a nada mas que a respirar para que el otro notara a un ser vivo en la misma situación . 

Resting...

Ella se acomodó en una postura más frontal, quizás mas equilibrada, retante o seductora. Cansados para analizarlo, sólo dejaban que ocurriera. Pasaron unos minutos, quizás 5, o 15, o 35.

Únicamente se miraban de forma serena y conversaban con los ojos. Cómo ha ido tu día. Duro. Y el tuyo. También. Pero ha merecido la pena. Sí, el mio también ha merecido la pena. Y eso. Por estar aquí. Por qué dices eso, que hay aquí. Aquí, ahora, tú. Sí, y tú también. A mí me ha merecido más la pena. Por qué. Por ti.

Por poder contemplarte...

Gracias a las últimas palabras de esa mirada, la conversación serena tornó en seductora. Ella salió del modo de reposo, estiró lentamente las piernas en el sofá, llevándose una mano al pelo y pausadamente, comenzó a acariciarse los cabellos alternando miradas tiernas y femeninamente provocativas con caídas de párpados que marcaban los tiempos.


Él se perdía contemplando el efecto de la respiración en unas clavículas que adornaban su delicado vestido negro; el subir y bajar del pecho con cada inspiración; el excalextric del perfil de una cintura que se curvaba y tensaba en cada bocanada, quién fuera niño de nuevo. La mano dejando resbalar mechones de pelo entre los dedos. 5, quizás 15, o 35 minutos transcurrieron de nuevo así, y cuando ella abrió los ojos de nuevo, le encontró de pie a escasa distancia tendiéndole la mano.

"Permíteme que te acompañe hasta tu habitación, princesa".