Una cita con Marina (A los ojos de Marina)

26.10.2013

El pasado martes a mediodía, recibí un correo con una consulta. Se trataba de una persona que me narraba una fantasía de sumisión light, se resumía a que yo debía tener el control, llevar las riendas, vestir con lencería fina y prendas de raso, comportarme como una novia dulce, cariñosa, seductora, provocativa y apasionada que hacia perder la cabeza a su hombre de modo que él se doblegase sin titubear. Respondí educadamente como siempre, indicándole que SI era posible por mi parte llevar a cabo lo que me pedía, y que para concretar los detalles "operativos" era necesario que me llamase. Así de sencilla es mi forma de comprobar si ese correo iba en serio o era otro más de los relatos eróticos que suelen llegar. Esta vez, al menos, estaba bien redactado.

Pues bien, el no se lo pensó mucho y me llamó esa misma noche. Tenía al otro lado del teléfono una voz de varón entrecortada, presumiblemente de los nervios. Me contó que sería su primera vez, que era tímido, que necesitaba que yo le ayudase, le guiase, tranquilizase... Cruzamos un par de correos más, y finalmente, el jueves por la noche tuvo lugar nuestra cita. Según me había pedido, yo llevaba un vestido de raso en tono crudo y azul. Le vi venir a lo lejos y no quise que se sintiera incómodo si le miraba mientras venía a mi encuentro, de modo que giré la cabeza en la otra dirección hasta que calculé que estaría a un par de metros. Tuve ante mi a un hombre, tal y como el se había descrito, introvertido. Una persona de costumbres, rutinas y pautas, hambriento de liberarse de sus barreras mentales. Enseguida detecté que era lo que necesitaba, lo que esperaba de mi, y lo que yo podía aportarle. En la cena fuimos poco a poco, de conversaciones más banales a algunos detalles más picantes, para lentamente ir haciéndole entrar en calor. Notaba que el se lo estaba pasando bien, estaba disfrutando de la cita y de la compañía.

En el restaurante no podía haber acercamiento por mi parte, estábamos muy cerca de la otra mesa y se iba a sentir demasiado tenso, así que mis coqueteos se quedaron en miradas y sonrisas. Fuimos a tomar una copa a un sitio intermedio entre el restaurante y el hotel, y no quise perder el tiempo sin jugar a rozar mi pie contra su tobillo, acariciarle furtivamente la mano cuando dejaba mi copa sobre la mesa, mirarle a los ojos con deseo o humedecer mis labios con la lengua.

Gotas de sudor caían por su frente. Estaba consiguiendo lo que me había pedido...

Llegamos a la habitación. Le desnudé, una ducha rápida, una Marina que le espera en lencería sujetándole la toalla. Que le acompaña al jacuzzi repleto de espuma y le invita a entrar. Quien desde fuera del jacuzzi le halaga la vista bailando suavemente, contoneándose, acariciándose lentamente, dejando resbalar una prenda tras otra. La que le pide que estire el brazo y acaricie la suave piel...

Hasta que me metí en el jacuzzi con él y me recosté a su lado. Mis pechos flotaban en el agua, me encanta su textura en el agua, son tan manipulables y maleables. Comencé a rozar mi cuerpo contra el suyo mientras le acariciaba y me acercaba a sus labios. Notaba, con mis ojos y mi mano, su excitación en aumento y aún así creo que hasta le superaba yo. Asía su mano para que agarrase mis pechos, los sobara, los lamiera. Me puse muy puta, tan puta como ahora, mientras escribo estas líneas, y acabé pidiéndole que me masturbara hasta que volviera a brotar de mí la fuente de mi placer.

Salimos del agua y le llevé a la cama. Su expresión cambió, y sin perder un ápice de excitación, noté como deseaba que le acariciara con ternura. Todo lo grande que era, con cada caricia mía se hacía un poco mas pequeño, más joven, más sensible. Yo le miraba y le sonreía. Le hablaba con los ojos y le decía que siguiera así de relajado, que disfrutara el momento, la suavidad y el silencio.

Puede sonar exagerado, autobombo o como prefiráis llamarlo. Pero hacía mucho tiempo que no veía a alguien con tal sensación de felicidad y serenidad en la cara. Él prácticamente estabalevitando.

Y yo me sentí plena, satisfecha y poderosa, por tener la potestad de provocar y otorgar esa sensación en alguien. El sólo lograba susurrar que le tenía totalmente hechizado, que estaba totalmente a mi merced, que yo tenía el control en todo momento.

No es cierto, no tenía ningún control. Solo seguía lo que mi instinto marcaba para darle placer y dármelo a mi.

Y una vez disfrutada la plenitud y la felicidad mental y espiritual , quise que viniera la física. Cogí su miembro con mi mano mientras no dejaba de mirarle y susurrarle hasta que explotó. Volvió a su cara el rostro relajado tras la pura tensión.

Pero me gustó más su primera sensación de felicidad. Ha sido una de las experiencias más especiales que haya vivido, no sólo como escort, sino también como mujer.

Hacer correrse a un hombre es relativamente fácil.

Hacerle tocar el cielo, no.

Marina.