Ven... sígueme...

26.09.2016

No queda un alma en la calle ya. Ha terminado el verano y la madrugada vuelve a deparar calzadas solitarias, aceras desiertas con olor a mojado y el pequeño reguero de agua que ha dejado el camión de la limpieza hace escasos minutos. Tan sólo escuchas a lo lejos, a pequeños intervalos de 40, quizás 50 segundos, lo que supones es el barrendero arrastrando su cubo por la acera, en alguna de las calles perpendiculares.

No queda un alma ya. Las escasas hojas de los árboles tintinean suavemente y se te antojan un pasillo de sables bajo el que adentrarte ceremoniosamente en la calle principal del pueblo, esa vía que, apenas 3 horas antes, tenía hasta cortada la circulación para disfrute de los peatones. No has recorrido aún sus primeros metros cuando, sigilosamente por tu derecha, se ha incorporado ella y la quietud de la escena la ha obligado igualmente a detenerse. En la contemplación de esa recta desierta y la perspectiva, sus curvas te han resultado casi hasta chirriantes. Imposible no fijarse, a pesar de llevar un discreto vestido azulón que, en la postura de semiperfil en que se ha quedado parada, dibuja una S suntuosa y superlativa.

"No queda un alma en la calle", le has dicho, lamentándote mentalmente de tu falta de originalidad para iniciar una conversación. Ella ha girado lentamente la cabeza hacia la izquierda al oír tu voz y ha sonreído. Sin cambiar de posición, te ha mirado a los ojos, ha bajado lentamente repasando tu cuerpo centímetro a centímetro sin dejar de sonreír, y de vuelta de nuevo en tus pupilas, por fin ha contestado:

"No es mi alma lo que quiero que sientas ahora... No es tampoco la tuya... Ven... Sígueme..."

Y ha estirado su mano hacia atrás para que te sorprendas con el primer golpe de excitación al rozar las yemas de los dedos. Suavemente tira de ti y te adentra hasta un portal entreabierto, se coloca de espaldas a la pared y encaja las palmas de tus manos en el costado de sus tetas. Blandas, suaves, pero sobre todo, enormes, inabarcables. Las estrujas al compás de sus gemidos, a ella le gusta que lo hagas fuerte. Te arrimas cada vez más a ella para frotarte como si tuvieras quince años. Ella gime con más ansia, de un movimiento le bajas las bragas y le das la vuelta poniéndole cara a la pared; en otro movimiento más te bajas los pantalones y empiezas a embestirla mientras sigues sobándole sus inabarcables tetas.

Ella gime a susurros que son casi gritos: "Dame... Dame más fuerte... Quiero correrme así... Voy a correrme así... Ven... Sígueme...."