Y la carne se hizo vicio

30.10.2017

Ya nos hemos visto unas cuantas veces, cinco, si no hicimos mal recuento el otro día. Coordinas tus viajes de trabajo a Madrid para que coincidan con mi disponibilidad, muy selectiva en los últimos tiempos... Siempre te hago un hueco. Me sacas de mi huracán de responsabilidades profesionales y familiares cuando llamas a la puerta discretamente, y aunque no sea con estas palabras, preguntas igualmente:

  • "¿Es aquí la puta?"

No necesito más consigna. Te gusta que vayamos a cenar y charlemos un rato, disfrutas de la puta en modo novia escuchando tus secretos, en ocasiones, hasta los secretos que jamás hubieras confiado a una novia real. En esta ocasión, un contratiempo nos permitió cambiar la cena por una comida cerca de mi oficina, donde te llevaste de postre mi ropa interior embriagándote de la fragancia de Marina. Me gustó pasar todo el almuerzo frente a ti notando la costura de los panties entre mis labios y sabiendo que debía reservarme rezumando unas cuantas horas más.

Pasé el resto de la tarde en el trabajo alterada, deseando que llegase la noche...Incluso subí un video a twitter desde el baño de la oficina. Y dos fotos más cuando salía para la cita... Me excita muchísimo llevar ligueros, porque solo los uso cuando estoy muy muy puta...

Me citaste, una vez más, en un céntrico hotel con mucho encanto y nombre peculiar. "One Shot", reza la primera parte, aunque paradojicamente siempre me pegas al menos un par de disparos... Me desnudaste frente al espejo, no abarcabas todas mis curvas, las dibujaste con las palmas de las manos desde los hombros a la cintura bordeando los costados de mis tetas, rozándote con mi culo pareciendo que tuviera un imán del cual no te pudieras despegar. Seguiste leyendo mi contorno con tus manos, de la cintura a las caderas hasta que agarraste mis muslos con firmeza, como si quisieras simplemente echarme hacia atrás y embestirme sin pensarlo.

Sabes cuál es mi debilidad: que te hundas en mi escote, que juegues y lo menees. Que las agarres con fuerza , estrujes, vapulees, bambolees. Tuviste mejor idea y las embadurnaste de aceite. Me volví loca, y con esa mano pringosa que apareció en mi entrepierna lo rematamos. Me subes la temperatura y se me sube el labio, señal inequívoca de que estoy cachonda. Paso a un nivel superior y ya no me basta el sobeteo, necesito tu polla cerca y lo mejor que se me ocurre en ese momento es abrazártela con las tetas. Me vuelven loca las cubanas y me desquician las cubanas aceitosas...

Había tanta, tanta carne en esa cama: todas mis curvas brillantes y resbaladizas por el aceite, y tú, delicado y ligero hasta el punto de que tu cuerpo entero desaparece y no queda más que una polla enorme, lustrosa, dura como un bate de beisbol, que me folla desde todos los flancos posibles.

Y toda esa carne, se hizo vicio. Regada de palabras sucias que nos encendían y enviciaban más aún. Vicio que toda persona que precie su vida debe consentirse alguna vez, porque resulta demasiado bueno como para perdérselo con convencionalismos.

Nunca he publicado ninguna foto de desnudos de cintura para abajo, pero hoy me lanzaré, porque toda esta carne delata mucho vicio, y, sencillamente, me apetece compartirlo con vosotros.